Un mundo sin proyecto

Un mundo sin proyecto: El gran acierto de Darwin fue encontrar la única explicación de la complejidad y variedad que observamos en el mundo de los seres vivos, compatible con el hecho de que la materia y la energía de la que están compuestos puede hacer lo que hace por causas puramente físicas. Sólo hay una cosa que puede hacer que cierto átomo pase de estar en un lugar a estar en otro: las fuerzas (sobre todo, la electromagnética y la gravitatoria) ejercidas por la materia que le rodea. La «finalidad», entendida como una causa diferente a las causas físicas que hacen que los átomos de los seres vivos vayan de acá para allá, es simple y llanamente una ficción que no puede desempeñar ningún papel realmente causal en los procesos naturales. Darwin, por tanto, no es que demostrase que la evolución de los seres vivos procedía sin obedecer a ninguna finalidad, sino que más bien permitió hacer coherente la visión de la materia y la energía que la ciencia de su época estaba alumbrando con el hecho de que los procesos biológicos parecen indudablemente obedecer designios teleológicos. Su explicación parece a nuestros ojos trivial (y, pese a lo que podamos pensar, también lo era para muchos de sus contemporáneos, que se lamentaban de que algo tan simple y obvio no se les hubiera ocurrido a ellos primero), y consiste, como se sabe, en la tesis de que no se trata de que existan causas finales en el funcionamiento de los organismos, sino de que algunos de ellos poseen por puro azar alguna cualidad hereditaria que les hace estadísticamente dejar más descendientes que sus primos que carecen de dicha cualidad.
Por desgracia (o tal vez no), la idea de que la finalidad es una fuerza intrínseca en la naturaleza y diferente de las causas físicas, la idea, esto es, de que la historia, incluida la historia natural, puede y debe interpretarse en términos finalistas y de progreso, está profundamente atrincherada en nuestras circunvalaciones cerebrales, y un siglo y medio de darwinismo ha sido incapaz de convencer a muchos de que los procesos naturales carecen de causas teleológicas. Los esfuerzos de bastantes científicos y filósofos se han centrado, por este motivo, en intentar encontrar algo así como la «teleología oculta» en el universo mecanicista darwiniano. Pero esto es un sueño, o una forma de disfrazar con palabras biensonantes la cruda realidad del darwinismo, como espero poder mostrar a continuación con toda claridad al lector.
Negar que la historia del universo, en general, y la historia de la vida sobre la Tierra, en particular, respondan a ciertos fines o proyectos no es lo mismo, empero, que negar que dentro de la naturaleza existan fines. Es obvio que existen: yo, por ejemplo, estoy llevando a cabo ahora la actividad que consiste en aporrear las teclas de un ordenador porque tengo el objetivo de escribir un artículo; yo soy tan parte de la naturaleza como puede serlo una cascada o una llamarada solar; así que, si yo tengo fines o proyectos, y yo soy parte de la naturaleza, se sigue de ahí que en la naturaleza hay al menos algunos fines o proyectos: los míos. Por supuesto, yo no tengo nada de especial aquí, lo mismo sucede con cualquier otro ser humano, y no sólo con ellos: probablemente la mayor parte de los animales en general también tienen deseos exactamente, o casi exactamente, como yo los tengo, aunque se trate de deseos muy diferentes, y que orienten la conducta de esos animales de modo muy distinto; ellos, al fin y al cabo, no pueden tener el deseo de escribir un artículo para una revista.

– post completo en: http://cuadrivio.net/2013/08/un-mundo-sin-proyecto/

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– por Jesús Zamora Bonilla. Cuadrivio

– Tags: darwin, evolución, finalidad, teleología –

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