Reducir la inteligencia colectiva a procesos de decisión es simplificador

Ramón Sangüesa es un viejo conocido de esta casa. Además de ser un amigo, sigo sus trabajos desde hace mucho tiempo, y aparece citado en varios de mis posts. Por presentarlo brevemente, es profesor de la universidad Politécnica de Catalunya (Inteligencia Artificial), Affiliate Researcher del Center for Organizational Innovation (Universidad de Columbia, NYC) y coordinador del consorcio Data Transparency Lab (datatransparencylab.org).

Esta conversación forma parte del seriado de entrevistas que vengo haciendo para el trabajo de campo del libro que escribo sobre Inteligencia Colectiva, así que pudiendo hablar también de muchos otros temas con Ramón, que es un conversador erudito, todas las preguntas que hago aquí se centran sólo en la temática de mi libro. Allá vamos:

Sé que abrigas cierto escepticismo respecto de cómo se usa el término “Inteligencia Colectiva”. Cuéntame tus dudas…

Estos días cuando oigo “Inteligencia Colectiva” en  alguna conversación mi reacción o bien es “ahí va otro buzzword de la Ideología Californiana” o “aquí tenemos al viejo tío Karl informatizado” o “mira qué formas tan cool que puede adoptar la dictadura”.  En fin, me pillas descreído. Las apelaciones a la inteligencia colectiva  proceden de varios campos de práctica y de diversas tradiciones pero oscilan entre una serie de mecanismos propuestos desde los núcleos de la ideología tecnológica dominante o desde sus oponentes. Esta coincidencia nos debería llamar la atención y llevarnos a una posición un tanto cauta o claramente escéptica, dados los actores que generan este tipo de retóricas. Desde hace tiempo, hay una continua apropiación, bastante ambigua, de conceptos de un lado y otro del espectro ideológico. No creo que el caso de la Inteligencia Colectiva sea una excepción. Al contrario merecería estudiarse en el sentido de apropiación de retóricas por parte de la élite.

Pero ese (intento de) “apropiación” se da en casi todos los campos, así que igual deberíamos defender cierta terminología en lugar de huir constantemente a crear nuevas con las que sentirnos cómodos, ¿no?

Esa apropiación y difuminado tanto de lenguajes como de campos es un mecanismo ubicuo y de una efectividad fascinante. Es la cabalgata triunfal de los nerds tecnocientíficos y tecnocapitalistas.

En torno a la Inteligencia Colectiva se ha creado un campo de atracción donde todos quedamos confinados al marco de discurso inicial. ¿Quién no se va a interesar por conseguir “grupos de individuos que actúan colectivamente de manera que parece inteligente” con la de problemas que tenemos como sociedad?. Pero convendrás que es una estrategia bien antigua ésta de fijar de entrada el marco en la manera que más conviene a un grupo de interés. Y sirve para casi todo: democracia, producción, creación de conocimiento, investigación …

Tomamos sensores, sistemas informáticos y veamos cómo conectarlos para que sean más inteligentes. En este ámbito se maneja de forma preponderante el concepto de inteligente como toma de decisión y autonomía. Lógico, lo técnico informacional no se escapa a la metáfora de su nacimiento: el bucle de feedback para el control de realidades y sistemas cada vez más complejos y variados. Ya lo extrapolamos a colectivos no técnicos, grupos humanos, por ejemplo, pero no nos quedamos ahí, nos envalentonamos con  los resultados sobre sistemas técnicos y vamos a por el resto del mundo.

Me ronda como un rumor travieso pensar que se pueden manejar muchos otros conceptos de inteligencia, individual o colectiva. Pero que no aparecen en los relatos de la “inteligencia colectiva”. A bote pronto se me ocurre que eso se debe a una pura comodidad de ajuste al marco informacional.

¿Pero dónde crees que están las limitaciones del enfoque tecno-racional con que se intenta interpretar el comportamiento colectivo humano?

Para empezar, como digo, el concepto de inteligencia que se maneja recuerda mucho al que se usa en inteligencia artificial y en teoría del actor racional en economía. No es extraño, dado que uno de los padres fundadores de la IA, Herbert Simon, es bien conocido por este enfoque. No es casualidad que recibiera el Premio Nobel de Economía por su trabajo en el área de la decisión y el actor racional. A grandes rasgos ese actor racional tiene objetivos, actúa para llegar a ellos y sigue un camino que va conformándose con sucesivas  decisiones, vistas como la selección entre varias alternativas posibles. Cuando en vez de un agente tenemos varios o muchos, entramos en el comportamiento (inteligente) colectivo. Y aquí se abre la caja de los truenos…

¿Cómo sabe un agente cuáles son los objetivos, preferencias y utilidades de los otros agentes? ¿Cómo realiza un “guessing”? ¿Sólo interactuando con los otros agentes? ¿Quién, cómo y cuándo decide que debe renunciar a sus objetivos a favor de la acción del grupo? En suma: ¿cómo surge una coreografía de la decisión que alguien pueda llamar inteligente? Otra cuestión es quién y cómo decide: ¿Deliberando con los otros? ¿Sopesando pros y contras (utilidades mayormente)? ¿Cómo se articula esta deliberación? ¿Qué coste tiene?

Tanto Tom Malone como otros proponentes de la inteligencia colectiva justifican su interés como una aproximación entre personas y máquinas para resolver problemas. Esto retoma las propuestas de Douglas Engelbart para construir inteligencias colectivas híbridas  a partir de sistemas computacionales. Estudiar y avanzar en estas cuestiones desde este marco informacional y de rendimiento ha llevado a la igualación –vía tratamiento de la información- de la consideración de los  agentes humanos y no humanos (que, por el momento, tienen competencias y capacidades bien diferentes).

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Post completo en: El Blog de Inteligencia Colectiva

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