Pilar de Madariaga Rojo

Una química comprometida

Hay historias que tienen que ser contadas porque en ocasiones se hace imprescindible conocer los errores del pasado para no volver a caer en ellos. Una de esas historias, versa sobre la vida de la química e investigadora española Pilar de Madariaga Rojo.

Pilar nació en Madrid hace más de un siglo, el 21 de abril de 1903, al inicio del periodo conocido como la Edad de Plata, que se corresponde con el primer tercio del siglo XX. Esta época, fue conocida así por el florecimiento de las actividades científicas, artísticas y literarias, de una calidad y repercusión internacional incomparable desde el Siglo de Oro. Comenzó con un hito de la medicina, el Premio Nobel que le fue concedido a Santiago Ramón y Cajal  en el año 1906, y terminó trágicamente con el estallido de la guerra civil española en el 36, por lo que la Edad de Plata se encuadra dentro del periodo histórico conocido como Segunda República.

Hija del militar liberal José de Madariaga Castro y de Ascensión Rojo Regi, fue la cuarta de once hermanos y tuvo acceso a una buena educación, ya que se crió en una familia de perfil republicano y científico. Estudió en el Colegio Alemán de Madrid y en el Instituto General y Técnico Cardenal Cisneros, titulándose en 1919. Posteriormente, en el año 1929 se licenciaría en Químicas y a continuación iniciaría su carrera investigadora y docente.

Pilar de Madariaga sería conocida como una de las «pioneras españolas en las ciencias», por su pertenencia al grupo de mujeres que durante la Edad de Plata contribuiría al florecimiento intelectual y científico que se dio en el país. De este grupo, también formaban parte otras investigadoras como Dorotea Barnés González, Felisa Martín Bravo, María Teresa Salazar o Jenara Vicenta Arnal Yarza, y aunque escaso en número de integrantes, tuvo una gran importancia simbólica, ya que estas investigadoras accedieron al ámbito científico, ampliando así los espacios de actividad y presencia femenina en la sociedad de la época.

Pilar investigaría en el campo de la espectroscopía y la óptica física, formándose desde 1929 hasta 1932 en Estados Unidos y pasando por instituciones tan prestigiosas como el Vassar College, la Universidad de Columbia o la de Stanford. Además, durante este periodo sería una de las pocas científicas galardonadas con una beca de la Junta de Ampliación de Estudios (JAE), —la institución española creada en 1907 para promover la educación científica—, con el objetivo de que pudiese investigar en el extranjero.

Nada más finalizar su periodo en Estados Unidos, Pilar volvió a España y entró a formar parte del equipo del prestigioso científico Miguel Ángel Catalán (quien sufrió el exilio interior tras la Guerra Civil),  en la sección de Espectroscopía del Instituto Nacional de Física y Química (INFQ), donde trabajaría hasta 1936. Las técnicas aprendidas en Estados Unidos le resultarían útiles a la hora de estudiar el espectro del molibdeno y la concentración del mercurio en el aire de las minas de Almadén. Además, de 1933 a 1934 fue catedrática de Física y Química del Instituto de Puertollano.

Dado el entorno en el que había crecido y la educación recibida, no es de extrañar que Pilar estuviese afiliada a la Federación Española de Trabajadores de la Enseñanza (FETE) de la UGT y también perteneciese a la Asociación Española de Mujeres Universitarias (AEMU).

Sin embargo, en el año 1936 su situación, y también la de miles de españoles, cambiaría repentinamente. La inestabilidad política que se respiraba durante la Segunda República dio lugar a un golpe de estado, que fue llevado a cabo contra el gobierno por una parte del ejército. Si bien el golpe de estado no tuvo éxito, sirvió como detonante para uno de los episodios más sangrientos y trágicos de la historia de este país, la guerra civil española; que traería como consecuencia una dictadura de más de 36 años, que sumió al país en el más absoluto atraso, del que todavía hoy no nos hemos recuperado.

La carrera de Pilar, igual que la de muchas de sus compañeras, daría un giro radical. En su caso, pasó a ser algo secundario ante la urgencia de atender otras prioridades. De esta manera, rechazó una oferta que recibió en 1937 para volver al Vassar College, por quedarse en Alicante al mando de un orfanato.

Al finalizar la guerra, la dictadura no le permitió permanecer en España y fue una de las científicas que tuvo que exiliarse, ya que su expediente de depuración fue resuelto negativamente. Se consideraba que durante la Segunda República, el magisterio no había estado en las manos apropiadas, por lo que era necesaria una revisión de la instrucción pública para poder erradicar las supuestas falsas doctrinas arraigadas durante el periodo republicano.

Pilar de Madariaga, cuyo último destino había sido el Instituto Pérez Galdós donde era encargada de curso, quedó inhabilitada para el ejercicio de la enseñanza y se vio obligada a exiliarse, regresando a Estados Unidos. Esta vez sí, volvió al Vassar College que había conocido como científica investigadora y allí fue contratada para dar clases de español. Además, realizó otra carrera, obteniendo el grado de doctora gracias a la tesis que finalizó en 1949 sobre Las novelas de Azorín: estudio de sus temas y técnica.

En 1968 se jubiló y, ya retirada de la docencia y la investigación, regresó  a España. Falleció casi 30 años más tarde, en Madrid, el 6 de abril de 1995.

No alcanzo a comprender lo que tiene que suponer dejar tu hogar y abandonar tu país sin fecha de vuelta, y esta fue la situación a la que se tuvo que enfrentar Pilar de Madariaga Rojo; obligada a exiliarse en Estados Unidos si quería conservar su vida y continuar con su profesión. Ella fue solo uno de tantos ejemplos que demuestran el sinsentido de la guerra, que a lo largo de la historia de la humanidad ha generado éxodos masivos de personas inocentes, entre ellas científicas y científicos que han sido forzados a exiliarse. Sin embargo, muchos no han tenido ni siquiera esa oportunidad y han muerto o desaparecido durante conflictos bélicos o dictaduras, perdiéndose con ellos, además, su trabajo y todo lo que habrían aportado al avance y mejora del mundo en que vivimos.

Hoy en día, en Occidente gozamos de un cierto confort que permite a los investigadores ejercer su profesión con libertad; sin embargo, que esto no nos haga olvidar lo que sucedió no hace tantos años en nuestro país y lo que ahora mismo está sucediendo en otras partes del mundo. Hagamos todo lo que está en nuestras manos, hagamos lo imposible, para que no se repitan los errores del pasado.

Post completo en: Ciencia de acogida

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