La menopausia… ¿para qué sirve? Seguimos sin respuesta

Hay una pregunta un poco extraña, quizá un poco fuera de lugar, pero que los biólogos evolutivos se hacen de vez en cuando y para la que nadie tiene respuesta todavía. Es la siguiente: la menopausia… ¿para qué sirve?

Me explico. Se supone que todos los caracteres de cualquier especie de ser vivo están de alguna forma orientados a aumentar las probabilidades de que los genes de un individuo pasen a la siguiente generación. La evolución no consiste en sobrevivir, sino en reproducirse. Ese es el objetivo último de la evolución y la adaptación de las especies.

Por eso la existencia de la menopausia resulta intrigante: que las mujeres hayan desarrollado un mecanismo por el que llegado un determinado momento su sistema reproductor se apaga cuando aun les quedan años, incluso décadas, de vida es en principio contradictorio con el principio de favorecer el traspaso de los genes de generación en generación. Los hombres son fértiles prácticamente toda su vida, pero las mujeres viven hasta un tercio de ella sin poderse reproducir.

Puesto que es una cosa inevitable como la vida misma, muchos nunca se habrán parado a pensar en ello. Pero solo hay que mirar al resto de los mamíferos para darse cuenta de que la menopausia es, de hecho, una rareza: solo en un puñado de especies de cetáceos, por ejemplo las orcas, las hembras la tienen. En las demás, hembras y machos son capaces de reproducirse prácticamente hasta el final de sus vidas.

La hipótesis de la abuela

Esto hace que volvamos a la pregunta inicial: ¿para qué sirve la menopausia? ¿Qué sentido evolutivo? Pues creíamos tener las respuesta al alcance de la mano, pero de momento todo son teorías.

La más comúnmente aceptada es la hipótesis de la abuela. Esta hipótesis plantea que, puesto que a medida que la edad aumenta sacar adelante a las crías requiere más energía y conlleva un mayor riesgo, las hembras dejan de reproducirse y pasan a ayudar a sus hijas y sus crías, es decir, sus nietas. Esto supone una ventaja para todas: las crías están mejor cuidadas, las madres reciben una apreciada ayuda y las abuelas hacen aumentar la probabilidad de que sus genes salgan adelante a través de las siguientes generaciones.

En teoría tiene sentido, ¿no es verdad? Además se corresponde con la idea que todos tenemos de nuestras abuelas: mujeres amorosas que ayudaron a nuestros padres a criarnos (y a malcriarnos). Bien, ya tenemos explicación, ¿no? Pues no. Pero ahora llegamos a eso.

Otras teorías: la de la diferencia de edad y la de la conservación de la energía

La de la abuela no es la única hipótesis. Otra, planteada en 2007, venía a complementarla bajo la premisa de que en el análisis de los cambios evolutivos de una especie no se podía tener en cuenta solo a uno de sus sexos. Según esta nueva teoría, la diferencia de edad en una pareja es beneficiosa en términos de fecundidad, y esta se da habitualmente entre mujeres jóvenes, que son más fértiles, y hombres mayores, que ya han demostrado su capacidad de engendrar hijos. Esto sería otra explicación añadida al hecho de que las mujeres tengan la menopausia cuando aun les quedan años de vida mientras que los hombres siguen siendo capaces de reproducirse prácticamente hasta su muerte.

Una tercera hipótesis plantea que, en las mujeres y en las hembras de otras especies de mamíferos, la expansión de la esperanza de vida y la expansión de la capacidad reproductiva ocurren a ritmos diferentes, ritmos determinados para maximizar la capacidad reproductiva y de supervivencia al principio de la vida adulta. Extender la capacidad de reproducción a partir de cierto momento, llegada la madurez, tiene un alto coste. Por eso, una vez que el número de ovocitos baja de cierto límite, eso desencadenaría el final de los ciclos menstruales normales, y con ello la llegada de la menopausia.

Sería por tanto, en resumen, una forma de asegurar que en los primeros años de vida adulta el cuerpo está en la situación óptima para sobrevivir y reproducirse, y que una vez pasado ese momento, la inversión de energía que requiere mantener el sistema funcionando ya no merece la pena, así que el cuerpo decide que ha llegado la hora de echar ese cierre.

Un estudio que ni confirma ni desmiente

Decíamos de todas formas que seguimos sin una explicación porque estas teorías son de difíciles de demostrar, ya que no hay una forma de que la evolución haya favorecido directamente caracteres que aparecen después de la reproducción, como ocurre con la menopausia. Un reciente intento por conseguirlo ha resultado en tablas: ni confirmo ni desmiento. No hay evidencias lo suficientemente sólidas para demostrar o descartar ninguna hipótesis sobre el modo en que la evolución favorece la esperanza de vida más allá de la época reproductiva en las mujeres.

Jacob A. Moorad y Craig A. Walling son investigadores del Instituto de Biología Evolutiva de la Universidad de Edimburgo y el suyo es el primer intento por comprobar empíricamente cómo la menopausia se correspondería efectivamente con el aumento de la esperanza de vida en una población humana. Sus resultados se han publicado en la revista Nature Ecology&Evolution.

Para hacer esa comprobación, utilizaron los datos del censo de población de Utah a finales delo siglo XIX. Gracias la importancia que la fe mormona da a los registros genealógicos, los datos eran todo lo que un biólogo evolutivo podía desear.

A partir de ahí, realizaron un análisis detallado de todas los caminos genéticos que podrían haber tomado esos supuestos beneficios de la menopausia. No encontraron evidencias que sostuviesen ninguna de las tres teorías. El gozo de los investigadores en un pozo.

Las flechas entre fenotipos y “Fitness” con gradientes de selección. Las flechas entre genes y fenotipos son variaciones genéticas. Las flechas entre distintos genes son correlaciones genéticas. Puesto que la esperanza de vida postreproductiva de las mujeres no puede afectar directamente a un estado físico óptimo (“fitness”), la selección que influye en ello tiene que hacerlo de forma indirecta por otras vías. Estas vías se muestran aquí en los colores, de las que se han elegido tres: el rojo para la hipótesis de la abuela; el verde para la hipótesis de las diferencias de edad entre sexos; el amarillo para las diferencias de edad dentro del mismo sexo. En el mapa se muestra el Territorio de Utah tal y como era en 1851

¿Por qué? Para empezar, podría ser que no tengamos ni idea del asunto y ninguna de las hipótesis planteadas sea válida, aunque observaciones indirectas sugieren que alguna idea sí que tenemos.

Quizá ocurrieron, pero los movimientos migratorios entraron en escena

Los investigadores creen que una o más de estas hipótesis debió ser cierta en el pasado, pero se ha visto discontinuada por cambios en el ecosistema. Especialmente, y puesto que los datos se refieren al territorio de Utah a finales del siglo XIX, por la convulsión demográfica que supuso la migración masiva hacia el oeste americano, lo que conllevó en muchos casos la pérdida de apoyo y parentesco cuando los familiares se quedaron en sus lugares de origen, así como un alto índice de natalidad por la presión de poblar el territorio.

Esta explicación parece altamente probable, y a su vez es un ejemplo de por qué es tan difícil poner a prueba estas teorías. Existen grandes variaciones dentro de las distintas poblaciones de cada especie, y parece poco realista pensar que una foto fija de una población determinada pueda darnos una respuesta sobre cómo la selección natural ha favorecido o eliminado determinados rasgos de una especie.

Eso quiere decir, como explica Alan A. Cohen en su comentario sobre el estudio de Moorad y Walling, que probablemente si los autores hubiesen podido confirmar con sus resultados alguna de las tres hipótesis, esta hubiese sido cierta en el corto plazo, pero no hubiese sido del todo precisa para entender cómo la selección dio forma a la menopausia tal y cómo la conocemos.

Post completo en: Cuaderno de Cultura Científica

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