La Guerra a la lactosa ¿Por qué?

Antes de despotricar contra algo hay que saber de qué se trata, qué hace y por qué es el producto de Satanás. Así que pasemos a una definición propia de Wikipedia.

“La lactosa es un azúcar presente de manera natural en la leche, formada por una molécula de glucosa y otra de galactosa, unidas ambas por un enlace que solo puede ser roto por una molécula: la lactasa”.

Lactosa

Esta enzima la formamos en nuestro intestino delgado de forma natural, aunque con la edad se produce un descenso en su fabricación y hay personas que no la sintetizan, esos son los intolerantes a la lactosa.

La intolerancia a la lactosa está, actualmente, sobrediagnosticada debido a un exceso de mala información, y sobre todo, miedo. Y es que llevamos bebiendo leche desde hace miles de años, nos ha ayudado, antes y ahora, a mantener un buen estado de salud siendo un alimento esencial en muchas culturas gracias a la presencia de aminoácidos y grasas esenciales, micronutrientes e inmunoglobulinas, entre otros (tabla 1). Entonces ¿por qué es tan mala la leche?

tabla 1 lactosa

Tabla 1. Fuente: Tablas de composición de alimentos. Moreiras y col., 2013

A la cabeza está la lactosa. Es el principal hidrato de carbono de la leche, siendo el 5% de su composición. Así, por una generosa taza de 100cc ingerimos poco menos de 5gr de lactosa, la cual en el intestino delgado pasará a glucosa y galactosa, y esta a su vez por vía metabólica a glucosa. En un principio podríamos pensar…

“Azúcar al cuerpo ¡con lo malo que es!”.

No obstante, la OMS recomienda no sobrepasar los 25gr de azúcar libre al día (la lactosa se considera azúcar libre).

Sin embargo, no es justo culpabilizar a la leche de la epidemia de diabetes y de sobrepeso. La sobrecarga en nuestra dieta de azúcar se debe, fundamentalmente, al  añadido a cualquier alimento procesado, y es que para superar el umbral deberíamos tomar más de medio litro de leche al día. Aclaremos que los alimentos derivados de lácteos tienen menos lactosa por la fermentación a ácido láctico.

La lactosa, y la leche en general, ingerida dentro de las cantidades recomendadas, no está relacionada con ninguna patología. Una revisión sueca correlacionó la presencia de cáncer de pulmón y ovario en intolerantes a la lactosa, y se observó una menor incidencia de estos tumores en intolerantes. No obstante, el propio autor lo atribuye a una menor ingesta calórica en la dieta o a la mayor toma de productos vegetales, las mal llamadas leche de soja o de avena. Incluso alerta de la posibilidad de otros tumores si se eliminan los lácteos por alteración de la microbiota.

El hecho de que haya correlación no implica causa-efecto. Así, por ejemplo, podemos ver en los siguientes gráficos varias correlaciones, y no por ello dejamos de comer queso ante la posibilidad de morir enredados en nuestras sábanas, o que en Maine se deje de comer margarina porque su consumo induzca al divorcio.

De hecho hay varias revisiones que ponen en seria duda la influencia de la ingesta de leche sobre la presencia de tumores:

Sí que salen las alarmas ante la presencia de una sustancia presente en la leche y potencialmente perjudicial: el factor de crecimiento insulínico I (IGF-I). Es una hormona de la que sintetizamos unos 30 microgramos al día, y fundamental para múltiples funciones necesarias y básicas. Altos niveles circulantes de este factor tienen una relación con la mayor incidencia de cáncer de próstata, colon y mama. Pero no queda para nada clara la relación directa entre la ingesta de leche y el incremente del IGF, ya que existe una mayor ingesta calórica en los bebedores de lácteos y este mayor aporte de calorías en la dieta sí explica su incremento. De hecho, no hay estudios que aseguren que el IGF “sobreviva” a la digestión y sea absorbido íntegro en cantidades suficientes como para ser un factor potencialmente oncogénico.

En cuanto otros posibles peligros, la propia FAO advierte de la posibilidad de contaminación biológica, muy infrecuente gracias a los procesos de pasteurización, o química (antibióticos, herbicidas, desinfectantes). Pero el riesgo es igual que con cualquier otro alimento envasado. En España existe una legislación muy estricta en cuanto presencia de sustancias no permitidas en la leche.

Una posible explicación a que no siente bien la leche de vaca, si no se es intolerante a la lactosa, es la presencia de aglutininas. Las aglutininas son unas proteínas que abarcan las grasas de la leche en glóbulos. Es la llamada “nata” que se forma en la superficie de la leche al calentarla en un cazo. Esta proteína dificulta la digestión, de tal modo que las grasas no son del todo digeridas y nos provocan sensación de hinchazón o unas heces más líquidas. En ese caso, una alternativa es la leche de cabra, cuyos glóbulos son mucho más pequeños al no tener aglutininas y, por lo tanto, más fácilmente digeribles. Convirtiéndolo en una alegoría más visual, sería como tragarse varias canicas en lugar una pelota de tenis. Mucho más llevadero, ¡dónde va a parar!

En conclusión la toma de lácteos en una cantidad moderada no afecta negativamente a nuestra salud, y nos aporta muchos nutrientes esenciales siendo un alimento recomendable en todas las etapas de la vida.

Post completo en: La escéptica médica

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