¿Funciona la acupuntura o es un placebo milenario?

La acupuntura es una de las terapias alternativas a la medicina con mejor reputación, incluso entre algunos doctores, convencidos de que funciona para curar algunas patologías.

Abundantes estudios y meta-análisis indican sin embargo de forma sistemática que clavar agujas en puntos dictados por la antigua tradición china para equilibrar la energía del chi no tiene ningún beneficio más allá del placebo. Es decir, que su único mecanismo curativo es la fe depositada por el paciente y el médico en el tratamiento.

Clavar agujas en la carne puede servir, eso sí, para aumentar los niveles de adenonosina en los tejidos, lo que inhibe de forma momentánea el dolor en esa zona concreta. Es el mismo efecto analgésico que se produce durante un tiempo si nos pellizcamos con fuerza. (Estudio en Nature de 2010explicación).

Agujas de acupuntura

Las consultas de los acupuntores, sin embargo, están llenas de pacientes con catarros, gripes, sinusitis, herpes, migrañas, psoriasis y hasta cáncer y costillas rotas. (Algunos ejemplos aquíaquí, y, agárrense fuerte, aquí). ¿Por qué la ausencia de evidencias no ha reducido su popularidad? Hay tres motivos que resaltar. En primer lugar, por la especial eficacia de la acupuntura como placebo.

Es una práctica asociada a una atractiva historia de tradición milenaria, con un aura de remedio exclusivo que la medicina oficial no reconoce. La teatralidad que aporta un sabio naturópata clavando agujas potencia el efecto del placebo, porque refuerza la creencia del paciente en que le están curando.

Eso no quiere significa que cure de verdad, pero sí multiplica los testimonios del estilo a-mí-me-funciona, que continúan llenando de pacientes las consultas de los acupuntores.

En segundo lugar, es más difícil diseñar ensayos clínicos fiables para la acupuntura que para otras terapias. Un estudio riguroso debe establecer un grupo de control en el que los pacientes reciben un tratamiento simulado, para poder comparar los resultados. Resulta complejo, sin embargo, hacer creer a un paciente que se le clava una aguja sin hacerlo.

Esa complicación se ha solventado, en parte, gracias a agujas retráctiles que no llegan a penetrar en la piel, aunque los investigadores coinciden en que no es un método perfecto.

El paciente puede notar la diferencia y, además, el naturópata siempre sabe cuándo está aplicando el tratamiento verdadero y el tratamiento falso, algo que no se permite en los ensayos clínicos habituales para que su actitud no influya en las percepciones del paciente.

Estos problemas son especialmente graves cuando se trata de poner a prueba una terapia cuyos efectos se sospecha que son en gran medida psicológicos.

En la última década se han desarrollado ensayos de cierta fiabilidad. Los únicos que han ofrecido motivos a los que aferrarse a los naturópatas son aquellos que han puesto a prueba sus efectos analgésicos. Algunos han dado resultados positivos, marginalmente mejores que el grupo de control con placebo, aunque otros no detectan ninguna utilidad.

Las revisiones sistemáticas de esos estudios, que tienen en cuenta la fiabilidad de cada uno de ellos y las limitaciones experimentales, concluyen en la mayoría de los casos que los supuestos efectos positivos son tan nimios que no tienen relevancia clínica.

Con todo, es cierto que la acupuntura es la única pseudociencia que ha demostrado ir más allá del placebo, aunque sea de forma marginal, ya que puede ofrecer mejoras respecto al grupo de control al aliviar el dolor.

Ese es el tercer motivo por el cual la acupuntura sigue pareciendo respetable en algunos círculos. Clavar agujas y retorcerlas tiene un efecto analgésico real. Cuando nos cortamos con un cuchillo o sufrimos un traumatismo fuerte, el dolor no nos invade en el primer momento debido al mismo mecanismo fisiológico del que se sirve la acupuntura.

En esas situaciones de agresión externa, el cuerpo genera adenosina, que actúa como un neurotransmimsor en el sistema nervioso central e inhibe la actividad neuronal que pone en marcha el dolor. Ese efecto analgésico dura por lo general unos minutos o unas pocas horas.

Desde el punto de vista evolutivo, ese mecanismo sirve para retrasar la aparición del dolor y permitir que un animal escape del peligro si ha resultado herido. Si a un paciente le duele la rodilla y le clavan  una aguja en ese punto, es posible que le alivie el dolor durante un rato. Ahora bien, no es necesario un médico ni un curandero para eso, simplemente una aguja desinfectada. No sirve de nada clavar agujas en puntos mágicos del lóbulo de la oreja para mejorar la función renal, por decirlo así.

Para comprender más a fondo cómo hemos llegado hasta aquí, viajemos de forma breve al pasado, a ese momento en el que los antiguos chinos descubrieron que clavar una aguja en la carne podía dejar dormida esa zona durante un rato y juntaron esa percepción básica con una compleja teoría espiritual.

¿CÓMO DE MILENARIA ES LA ACUPUNTURA?

La acupuntura es muy milenaria. Mucho más que el ibuprofeno. Los arqueólogos han desenterrado agujas con más de 2000 años de antigüedad (British Medical Journal). Eso no quiere decir que siempre haya sido una técnica popular en China. Durante cientos de años estuvo en declive, hasta convertirse en una práctica marginal.

La medicina herbal, con efectos más perceptibles y menos peligros -la esterilización de las agujas no es una práctica milenaria-, desplazó a las agujas. Tanto es así, que en 1822 el emperador Dao Guang prohibió la acupuntura en la Academia Médica Imperial (Journal of Integrative Medicine).acuantigua

En Europa, se comenzó a practicar la acupuntura en el siglo XIX. La revista científica The Lancet llegó a publicar un artículo positivo en 1836 (aquí). El desarrollo de la medicina moderna y la demonización de lo oriental derivada de las guerras del opio con los británicos impidió sin embargo que la cosa cuajara.

La acupuntura reapareció en el siglo XX, transformada y pulida para convertirse en un arma política en favor del nacionalismo del régimen de Pekín. La revolución comunista y la proclamación de la República Popular China en 1949 impulsaron la recuperación de la acupuntura, la medicina herbal y otras disciplinas antiguas. Algo así como recuperar en Europa la alquimia medieval para exaltar las bondades de la tradición nacional.

Mao Tse Tung quería acabar con las costumbres occidentales impuestas durante décadas. Esa fue una de las razones para rescatar del olvido la medicina antigua, aunque había otro factor importante para esa decisión. El Partido Comunista había prometido extender la sanidad pública a los millones de campesinos repartidos por el vasto territorio chino, y éso solo era posible recuperando técnicas baratas que pudieran aplicar curanderos locales sin formación médica.

Con el tiempo, Pekín se cansó de su aislamiento internacional y comenzó a abrirse a occidente. Su estrategia para poner en valor sus tradiciones nacionales tuvo su punto álgido en 1972, con la histórica visita a China de Richard Nixon. El régimen sabía que iba a estar en el foco de la atención mundial y quiso exprimir el acontecimiento.

nixon-chou-en-lai-1972Con meses de antelación a la visita presidencial, un grupo de periodistas acompañaron en un viaje preparatorio a Henry Kissinger. Uno de ellos era James Reston, del New York Times, que sufrió una apendicitis durante el viaje.

Reston fue operado en un hospital chino con anestesia convencional -lidocaína y benzocaína, según él mismo explicó-, pero durante la segunda noche de ingreso un amable naturópata le pinchó unas agujas en el codo y otros puntos para aliviarle el dolor -él detallo que le sirvió para “distraer la atención de las molestias estomacales” y para “liberar gases“-.

Su artículo relatando la experiencia, disponible aquí, causó sensación en Estados Unidos. Entre otros motivos, porque la historia se distorsionó hasta el punto de que en la memoria colectiva quedó fijado que el periodista fue operado sin anestesia, solo con el poder de la acupuntura.

Este es uno de los puntos de inflexión para el regreso de la acupuntura a occidente. Cuando murió Reston, en 1995, su periódico publicó un obituario dedicado al hombre que “ayudó a abrir la puerta a la acupuntura”.

El régimen de Pekín explotó durante los primeros años 70 la creencia de que la técnica ancestral recién recuperada podía servir como anestesia y llegó a invitar a médicos estadounidenses a asistir a operaciones que resultaron ser fraudes. Los pacientes eran pinchados con agujas ante los ingenuos doctores occidentales, pero antes habían recibido potentes dosis de anestésicos locales. (Los médicos chinos les habían suministrado midazolam, droperidol y fentanyl, según reveló una investigación de la BBC en 2006).

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