El gran malentendido de la ciencia

En el año 2010 los guionistas de la ceremonia de entrega de los premios Goya introdujeron una serie de citas de cineastas para amenizar las transiciones de la gala. Entre la selección de frases les pareció una buena idea incluir las siguientes palabras de Luis Buñuel:

(“La ciencia no me interesa. Ignora el sueño, el azar, la risa, el sentimiento y la contradicción, cosas que me son preciosas”)

Tras la cita se escucharon aplausos y la mayoría de los espectadores, en la platea y en sus casas, continuaron como si nada. Pero algunos sentimos una punzada en el estómago al comprobar que un viejo malentendido sobre la ciencia, iniciado doscientos años antes, seguía firmemente arraigado en parte de la sociedad.

La contradicción se remonta a principios del siglo XIX, cuando algunos poetas románticos, como el británico John Keats, sintieron que la comprensión científica de la realidad le robaba su aspecto más trascendente. La “fría filosofía”, acusaba Keats, “cortaba las alas a los ángeles”, “disipaba la magia” y “destejía el arco iris”. Y señalaba a los “filósofos naturales” porque la palabra “científico” aún estaba por inventar. Otro poeta, Samuel Coleridge, consideraba que era una afrenta llamar “filósofos” a quienes dedicaban sus días a estudiar asuntos materiales como las plantas, los bichitos o las piedras y se quejó públicamente ante la Asociación Británica para el Avance de la Ciencia (BAAS, por sus siglas en inglés) para que hubiera un cambio. El debate era entonces cómo conseguir unificar bajo un mismo paraguas disciplinas tan distintas y a William Whewell– que tenía un don para poner nombres – se le ocurrió que ‘scientist’ (científico), por emulación de ‘artist’ (artista), era la mejor de las soluciones y un buen camino para unificar los saberes. Pero les salió el tiro por la culata.

Desde entonces el mundo de unos y otros se ha ido separando y no han hecho más que acumularse los malentendidos sobre lo que significa la ciencia y el trabajo del “científico”. A ello contribuyeron los propios investigadores (con sus errores), los engañabobos sin escrúpulos (con sus estafas), algunas ideologías (con sus simplificaciones) y el progresivo aislamiento entre las distintas ramas del conocimiento como consecuencia de la cada vez más necesaria especialización. El resultado es que buena parte de la sociedad – incluidos aquellos que defienden las pseudoterapias y los remedios mágicos – describen la ciencia para atacarla como algo que no es. Y quienes nos dedicamos a la comunicación científica tenemos la sensación de estar peleando con un fantasma basado en una falsa definición contra la que resulta difícil argumentar.

Muchos gurús posmodernos atacan a la ciencia por algo que no es, peleamos contra un fantasma

Al contrario de lo que pensaba Buñuel, la ciencia no es un asunto alejado de la risa, el sueño o la contradicción. La contradicción es la principal fuente de conocimiento científico, pues la ciencia explora precisamente los límites de lo que conocemos y los hechos que no encajan con el modelo son su principal fuente de interés. El sueño, la serendipia (esa suerte que favorece a la mente preparada) y la risa son algunos de sus combustibles y la historia está llena de soñadores que quisieron cambiar el mundo, de descubrimientos que se produjeron por una carambola y de episodios de humor. Y por supuesto la ciencia no está reñida con la belleza, sino más bien al contrario. El premio Nobel Richard Feynman ya intentó explicar en su momento que el conocimiento no impide disfrutar de la belleza de una flor, por ejemplo, sino ir mucho mas allá y apreciar su belleza a distintas escalas, desde comprender las células que la componen, hasta el metabolismo que permite a la planta mantenerse viva o el proceso evolutivo que le ha llevado a desarrollar formas, olores y colores para atraer a determinada variedad de insectos. Como tampoco se desvanece la belleza que apreciamos en un arcoíris cuando sabemos que está formado por la luz refractada en miles de gotitas microscópicas que llega en un determinado ángulo hasta la retina, ni el cielo nocturno es menos interesante y conmovedor cuando sabemos las dimensiones y características de lo que estamos viendo más allá del mero goce de ver lucecitas blancas sobre un fondo de oscuridad.

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