“Conócete a ti mismo” no solo es un consejo estúpido, es realmente peligroso

Hay una frase que es igualmente probable que encuentres en un texto filosófico serio como en el libro de autoayuda más extravagante: “¡Conócete a ti mismo!” La frase tiene un pedigrí filosófico serio: en la época de Sócrates, era más o menos sabiduría tradicional (aparentemente cincelada en la explanada del Templo de Apolo en Delfos) aunque una variante de la frase se remonta al Antiguo Egipto. Y desde entonces, la mayoría de los filósofos han tenido algo que decir al respecto.

Pero “¡Conócete a ti mismo!” también tiene el atractivo de la autoayuda. ¿Tu objetivo es aceptarte a ti mismo? Bueno, necesitas conocerte primero. ¿O es tomar buenas decisiones, las decisiones que son adecuadas para ti? De nuevo, esto sería difícil a menos que te conocieras a ti mismo. El problema es que nada de esto se basa en una imagen realista del yo y de cómo tomamos decisiones. Todo este asunto de “conocerse a sí mismo” no es tan simple como parece. De hecho, podría ser un serio embrollo filosófico, por no decir un mal consejo.

Tomemos un ejemplo cotidiano. Vas a la cafetería de la esquina y pides un expreso. ¿Por qué? ¿Solo un capricho momentáneo? ¿Por probar algo nuevo? ¿Quizás sabes que la dueña es italiana y que te juzgaría si pidieses un capuchino después de las 11 de la mañana? ¿O simplemente eres una persona de expresos?

Sospecho que la última de estas opciones es la que refleja mejor tus elecciones. Haces gran parte de lo que haces porque crees que encaja con el tipo de persona que crees que eres. Pides tortilla con cebolla porque eres un tipo de persona de tortilla con cebolla. Es parte de lo que eres. Y esto se aplica a muchas de nuestras elecciones diarias. Vas a la sección de filosofía de la librería y a la sección de comercio justo del supermercado porque eres un filósofo que se preocupa por la justicia global, y eso es lo que hacen los filósofos que se preocupan por la justicia global.

Todos tenemos ideas bastante estables sobre qué tipo de personas somos. Y eso es lo mejor: no tenemos que pensar demasiado al pedir el café todas las mañanas. Estas ideas sobre qué tipo de persona somos también pueden ir acompañadas de ideas sobre qué tipo de persona no somos, no voy a comprar en Lidl*, no soy ese tipo de persona. (Esta forma de pensar acerca de uno mismo podría derivar fácilmente en moralizar nuestras preferencias, pero no abramos esa lata de gusanos aquí).

Sin embargo, existe un importante problema con esta disposición mental: las personas cambian. Hay períodos tumultuosos en los que cambiamos drásticamente, en los períodos de amor romántico, por ejemplo, o de divorcio o de tener hijos. A menudo somos conscientes de estos cambios. Después de haber tenido hijos, probablemente te hayas dado cuenta de que de repente te has convertido en una persona madrugadora.

Pero la mayoría de los cambios ocurren de forma gradual y por debajo del radar. Se comprenden bien algunos mecanismos de estos cambios, como el “mero efecto de exposición“: cuanto más estás expuesto a algo, más fácil es que te guste. Otro, más problemático, es que cuanto más se frustra tu deseo de algo, más fácil es que te desagrade. Estos cambios ocurren gradualmente, a menudo sin que notemos nada.

El problema es este: si cambiamos mientras nuestra imagen de nosotros mismos permanece igual, habrá un profundo abismo entre quiénes somos y quiénes pensamos que somos. Y esto lleva al conflicto.

Para empeorar las cosas, somos excepcionalmente buenos descartando incluso la posibilidad de que podamos cambiar. Los psicólogos le han dado a este fenómeno un nombre elegante: “la ilusión del final de la historia”. Todos pensamos que quienes somos ahora es el producto terminado: seremos iguales en cinco, 10 o 20 años. Pero, como descubrieron estos psicólogos, esto es completamente delirante: nuestras preferencias y nuestros valores serán muy diferentes en un futuro no muy lejano.

¿Por qué es esto un gran problema? Puede estar bien cuando se trata de pedir el expreso. Tal vez ahora prefieras casi mejor el capuchino, pero piensas que eres una persona de café expreso, por lo que sigues pidiendo expreso. Así que estás disfrutando de tu bebida matutina un poco menos; nada demasiado importante.

Pero lo que es cierto del expreso es cierto de otras preferencias y valores en la vida. Tal vez solías disfrutar realmente filosofando, pero ya no lo haces. Pero como ser filósofo es una característica tan estable de tu autoimagen, sigues haciéndolo. Hay una gran diferencia entre lo que te gusta y lo que haces. Lo que haces no está dictado por lo que te gusta, sino por el tipo de persona que crees que eres.

El verdadero perjuicio de esta situación no es solo que pasas gran parte de tu tiempo haciendo algo que no te gusta especialmente (y que a menudo te desagrada positivamente). En cambio, es que a la mente humana no le gustan las contradicciones flagrantes de este tipo. Hace todo lo posible para ocultar esta contradicción: un fenómeno conocido como disonancia cognitiva.

Ocultar una gran contradicción entre lo que nos gusta y lo que hacemos requiere un gran esfuerzo mental y esto deja poca energía para hacer cualquier otra cosa. Y si te queda poca energía mental, es mucho más difícil apagar el televisor o resistirse a pasar media hora mirando Facebook o Instagram.

¡Conócete a ti mismo!’, ¿verdad? Si tomamos en serio la importancia del cambio en nuestras vidas, esto simplemente no es una opción. Podrías saber lo que piensas de ti en este momento. Pero lo que piensas de ti es muy diferente de lo que eres y lo que realmente te gusta. Y en un par de días o semanas, todo esto podría cambiar de todos modos.

Conocerse a sí mismo es un obstáculo para reconocer y hacer las paces con valores constantemente cambiantes. Si sabes que eres tal y tal tipo de persona, esto limita considerablemente tu libertad. Puede ser que hayas sido la que elegió ser una persona de expreso o una persona que dona a la caridad, pero una vez que estas características se incorporan a tu propia imagen, tienes muy poco que decir en qué dirección va tu vida. Cualquier cambio sería o censurado o llevaría a una disonancia cognitiva. Como escribió André Gide en Autumn Leaves (1950): “Una oruga que busca conocerse a sí misma nunca se convertirá en mariposa”.

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Post completo en: Cuaderno de Cultura Científica

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